Memorias de un pollo Rock

Memorias de un pollo Rock

Naciste el 1 de marzo de 2018 en el barranco de Santa Cruz de La Palma.


Antiguamente, los vecinos permitían que gallinas y gallos vivieran allí en una especie de semilibertad, aunque en realidad estaban en situación de abandono y negligencia. Con el tiempo, el barranco se convirtió en un estacionamiento y la gente decidió que ya no era divertido escuchar a los gallos cantar por la mañana. Basta decir que hoy no queda ahí ninguno de tus familiares.


En aquella época la vida hizo que nuestros destinos se pudieran cruzar.


Una vecina que solía recorrer el barranco te encontró junto a tu hermano. Eran dos bebés desorientados, muy flaquitos y nerviosos. No tenían una mamá que los cuidara ni a nadie que les diera de comer, así que decidió recogerlos.


Tenías horas de nacido. Viviste alrededor de dos semanas con ella, hasta que se dio cuenta de que eras ciego. Tal vez pensó que una vida sin poder ver no valdría la pena, o quizá no quiso hacerse cargo del desafío… Así que decidió que lo más humano era “eutanasiarte”, (entre comillas, porque la eutanasia debería existir para evitar un sufrimiento que no tiene solución, no para apagar un alma por ser diferente)…


Cuando te llevó a la clínica y le pidió al veterinario que te quitara la vida, él decidió darte una oportunidad. Te vio bien. Era verdad que no veías, o al menos que no veías nada bien, pero estabas lleno de energía y de ganas de vivir.


El veterinario me llamó para preguntarme si podía adoptar a dos pollitas. Fue muy específico al decirme que eran hembras, porque los machos suelen pelear entre ellos y, en ocasiones, necesitan más espacio o una organización diferente del grupo.


Manejé durante casi dos horas para ir a buscarlas.


Y cuando te conocí, me enamoré.


Me enamoré de tu copete, de tu griterío, de tu energía y de esa manera tan rock que tenías de ser.


Entraste en el transportín pataleando, y apenas llevábamos media hora de camino de vuelta cuando tuve que estacionar porque te estabas golpeando de un lado al otro, gritando «pi, pi, pi» y exigiendo que te dejara salir. Apagué el auto, abrí el transportín y te subiste a mi mano.


Entonces te dije:

—Rock. Ese es tu nombre.


Aunque todavía pensábamos que eras una niña, tu nombre era Rock. “Si me nombras me defines”, dicen… pero esto fue al revés, vos te definiste, y yo solo te nombré. Tu hermano recibió el nombre de Roll. En ese momento pensaba que serían inseparables y eternas.


Para ese momento ya no quería tener hijos humanos. Acababa de terminar mis estudios como asistente técnica veterinaria y ya había decidido que quería llevar un microsantuario para maternar a otras especies. Desde el momento en que llegaste a casa, el vínculo entre nosotros fue muy especial. Que me critiquen si quieren, pero siempre serás mi hijo pollo. Mi bebé adulto, mi niño eterno. Un gran pedazo de mi propósito en este mundo.


Increíblemente, aprendiste enseguida dónde estaban la comida, el agua y tu palito para dormir. Ese mismo palito te acompañó durante casi toda tu vida. Tiene solo 10 cm de altura, perfecto para que sientas que estás lejos del piso pero no te sea difícil subir o bajar.


También aprendiste a tocar la puerta.


En aquel momento todavía teníamos poca conciencia de todos los peligros que podían rodearte, especialmente teniendo en cuenta que eras ciego, y te dábamos muchísima libertad. Podías despertarte y caminar por el jardín hasta donde estábamos nosotros.


Eras muy chiquitito. Recuerdo que casi nunca conseguía grabarte, porque en cuanto me escuchabas acercarme empezabas a correr directamente hacia mí y el vídeo dejaba de tener sentido.


Pero la rutina era así: te levantabas del palito, salías de tu casita y avanzabas con mucho cuidado. A veces te tropezabas, pero tanteabas cada paso como si tu patita fuera el bastón de una persona ciega, comprobando qué había delante antes de apoyar la otra.

Paso a paso llegabas hasta la puerta de madera de la casa y golpeabas con el piquito:

«Toc, toc».

Entonces sabíamos que había llegado la hora de empezar la mañana. Muchas veces era muy temprano, porque a vos no te despertaba el amanecer: te despertaban las ganas de vivir.

A veces todavía era de noche, pero no importaba. Porque vos eras la luz de mis mañanas. El sonido del reclamo que toda madre puede reconocer.


Te abríamos la puerta, subías el escalón para entrar a la casa y te ponías a comer de tu plato alto. Ese plato terminó siendo muy importante para tu bienestar. A medida que creciste, agacharte hasta el suelo para comer se volvió demasiado complicado porque el piso quedaba muy lejos de tu pico.

Fueron muy pocas las veces que picoteaste directamente del suelo, que comiste una piedrita o un pedacito de pasto. En cambio, tu plato elevado te servía perfectamente.


Y así fuiste creciendo.


Con un año y poco de vida, Roll murió. En la necropsia descubrieron que tenía malformaciones en el corazón. Para entonces ustedes ya no tenían una relación especialmente cercana. De hecho, tenían que vivir separados porque se peleaban bastante, así que su muerte no pareció afectarte demasiado, aunque seguro sentiste su ausencia en el silencio de los cantos matutinos a los que ya él no te respondió.


Esto nos hizo pensar que, además de la ceguera, quizá había algo más sucediendo dentro de sus cuerpos. Tal vez las malformaciones estaban relacionadas con alguna deficiencia nutricional de su madre cuando puso los huevos o con la falta de alimentación durante sus primeros días de vida. Nunca pudimos saberlo con certeza.


Pero nada de eso nos frenó.

Unos meses después nos mudamos a la casa en la que vivimos durante muchos años. Allí conociste a Mona.

O, mejor dicho, ella te conoció y te eligió a vos. Ella vivía con la bandada grande, pero se metía a tu recinto por un agujerito minúsculo en el alambrado, y decidió quedarse con vos. 

Se hicieron novios. Muy, muy novios.

Se amaron muchísimo.

Estamos casi seguros de que nunca la montaste, pero ella ponía huevos y los acomodaba con amor, como si esperara que de ellos pudieran nacer hijos tuyos.

Por suerte, pronto aprendimos acerca de los implantes y Mona pudo dejar de poner huevos sin dejar de ser tu novia, tu amiga y tu compañera. Compartían el plato, el espacio, los baños y las mañanas. No siempre compartían la cama o el palito, pero sí una parte enorme de tu vida.

Con ella viviste algunos de tus años más felices, sanos e independientes.


Arándano, amiga de Mona, también se sumó. Y ustedes tres fueron familia.

Mi pollo perfecto, precioso y divino, con su bandada de dos divas.


Hasta los cuatro años, por lo menos, tuviste una salud prácticamente impecable y sin grandes problemas.


En febrero de 2023 tuve que recortarte las espuelas por primera vez porque se habían vuelto gigantes.


En julio de ese mismo año te lastimaste seriamente el ojo derecho. Probablemente te golpeaste con una rama mientras hacías alguno de tus bailes, porque no te habías peleado con nadie. Vivías con Mona y Arándano en un espacio muy pacífico, separado del resto de los gallos, sin compartir siquiera una cerca con ellos.


Durante unos tres meses te dimos antibiótico y colirio. El ojo terminó quedando algo hundido, pero ya eras ciego de ese lado y, por suerte, no fue necesario hacer una intervención mayor.


En octubre de 2023 tuviste la primera bajada importante de ánimo, coincidiendo con una muda muy intensa. Seguías teniendo un peso muy bueno, de alrededor de dos kilos y medio, pero los análisis de sangre mostraron algunos valores ligeramente alterados.


Además de consultar con el veterinario que te había entregado en adopción y que te atendía en aquel momento, hablamos con un veterinario de Gran Canaria. Nos explicó que aquellas alteraciones podían deberse a la muda.


Te dimos suplementos y apoyo con la dieta, te mantuvimos bajo observación y durante un tiempo volviste a vivir dentro de casa.


Para enero de 2024 parecías recuperado. Pero empezaste a querer pelear con James a través de la reja y terminaste partiéndote el pico, probablemente al golpearlo contra algo duro…


La puntita quedó colgando, sostenida por el nervio, y te dolía muchísimo. Intentamos pegarla, pero no funcionó. Cada vez que intentabas picotear la comida, volvías a romperla.

Probamos diferentes adhesivos que nos recomendaron los veterinarios, pero finalmente el vete tuvo que recortarte el pico. Sangraste mucho y tuvimos que darte antibióticos, aunque pronto te recuperaste también de aquello. Desde entonces además de las espuelas te recortamos periódicamente el pico y las uñas.


En marzo de 2024 celebramos tu sexto cumpleaños.


En julio comenzaste otra muda intensa que volvió a causarte mucho malestar. Fuimos varias veces al veterinario, pero no conseguimos encontrar una causa concreta. Con vitaminas, buena comida y muchos cuidados empezaste a mejorar.


Para octubre ya habías vuelto a dormir fuera con Mona y Arándano. Tu colita no volvió a levantarse completamente, pero tenías buen apetito y habías recuperado el ánimo. 


A finales de diciembre de 2024 murió Mona, tu pareja.

Su muerte fue muy dura para vos. Ese mismo día, Arándano se mudó a vivir con las Titanes, así que de pronto te quedaste solo. Durante un tiempo no supimos muy bien con quién ibas a vivir. Y estar solo te ponía nervioso, intentabas pelear con Carla y con Aloe a través de la reja aunque los del otro lado te ignoraran.


Empezaste a conocer a Sol y a María, que estaban en cuarentena en aquel momento. María murió también poco tiempo después y, ya en 2025, comenzaste a vivir dentro de la caravana con Sol, con Karl y conmigo.  


A lo largo de 2025 tuviste otra recaída. Por indicación de tus vetes cambiamos tu alimentación porque temíamos que el pienso que estábamos dando pudiera estar afectando al hígado.

Pasaste algunos meses sin cantar y, cuando empezaste de nuevo, te distraías con mucha facilidad mientras comías. Pero tu ánimo nos decía que te sentías bien. Así que con mucha paciencia, igual que cuando eras un pollito, 3 veces al día (o a veces más), te ofrecía comida, te perseguía con el platito y después con el aguita, que ya sabías perfectamente la palabra y cuando tenías sed, te inclinabas a beber. La comida se llamaba “co-co-co” y sonaba a platito de cerámica. El agüita solo con esa palabra te hacía reaccionar, no precisaba otro sonido.


Ese año comenzaste a tener dolor en un pie. 

Las radiografías no mostraron una lesión concreta, solo un poco de osteoporosis que, con siete años, los veterinarios consideraron relativamente normal.

Durante un mes controlamos su evolución y te dimos vitaminas + harpagofito antes de repetir los Rx. No vimos que la osteoporosis empeorara, así que continuamos con ellos y te mantuvimos bajo observación. Para entonces casi nunca dormías en el palito, sino en una camita de perro y procurábamos que no saltaras desde lugares altos ni te dieras golpes.

A pesar de aquella recaída, para finales de 2025 estabas de nuevo recuperado.


En junio de 2026 te empezaron a aparecer más síntomas extraños.

Primero la debilidad en la pierna volvió. Segundo, empezaste a acicalarte una zona con tanta fuerza que dejaste pelada una pequeña parte del ala. Tercero, empezaste a chasquear el pico como si tuvieras mal sabor en la boca. Cuarto, hiciste una caca muy fea. Quinto, la cresta se te empezó a caer para el lado derecho, lo cual nunca antes había pasado. Sexto, empezaste a cantar un poco afónico.


A cada síntoma respondimos con tratamientos, estudios y cuidados específicos. Comenzamos enseguida con suplementos, antibióticos, antiinflamatorios, apoyo para tu digestivo, y muchas pruebas: te tomaron un raspado del ala para descartar un hongo (aunque todavía no recibimos el resultado).

Comparamos las nuevas radiografías con las de 2025 y no vimos un empeoramiento claro de la osteoporosis. También valoramos si las espuelas podían estar resultándote incómodas al sentarte y estar causando dolor en las piernas o en el ala, pero lo descartamos.

El análisis coprológico fue negativo y la analítica tampoco mostró nada que explicara tu malestar. 


Hicimos una semana de tratamiento con enrofloxacina, pero tus cacas seguían verdes y blandas. Durante los últimos días, el buche tampoco se estaba vaciando correctamente.


Evaluamos diferentes posibilidades, pero ninguna terminaba de encajar.

Cuando comenzaste a respirar con más dificultad, te hicimos radiografías de los pulmones.


Estaban llenos de líquido.


Esa misma tarde empeoraste de una manera brutal. Empezaste a sentir muchísimo dolor al respirar y pasaste una noche de película de terror.


No podías mantenerte de pie. No estabas comiendo ni podías beber por el riesgo de aspirar lo que intentaras tragar. 


Sin poder ver, sin poder caminar y llorando con cada respiración, la vida se había convertido de golpe en un infierno para vos.


Pero no pude tomar la decisión. Pensé que era lo que correspondía, pero después me eché atrás. Eran alrededor de las doce de la noche y la veterinaria ya nos estaba esperando en la clínica, pero le dije que no podía.


A la mañana siguiente, tu veterinaria te escuchó respirar y me dijo que te llevara.


Al principio sentí que la decisión había sido demasiado rápida. Pero la realidad era que lo estabas pasando demasiado mal. Cada respiración te dolía. Literalmente llorabas al respirar. Ya no teníamos nada más que pudiéramos administrarte para que te sintieras bien.


Te dormiste muy rápido. No necesitaste una segunda inyección ni que te administraran medicación directamente en el corazón. Estabas listo para dejar ese cuerpecito que tanto rock te había dado. Cuerpecito tuyo. Amor mío.


La necropsia mostró que tenías los dos pulmones llenos de sangre.


Y es que tenías el corazón enorme, mi amor.


Tan grande era tu corazón, Rock, que ya no podía bombear la sangre correctamente. Aquello había provocado una enorme cantidad de síntomas extraños y de malestar hasta que la presión hizo que tus pulmones comenzaran a llenarse.


No existe medicina para corregir un corazón así. Si no te hubiéramos ayudado a dormir aquel día, probablemente habrías pasado uno o dos más sufriendo de una manera terrible.


Por eso agradezco profundamente a Amaranta por acompañarnos en aquella decisión.


Y te agradezco a vos, hijo mío, por haber sido siempre tan buen comunicador.


Las aves, como animales considerados presas, suelen esconder lo que les ocurre. Vos nunca escondiste nada. Siempre mostraste con claridad lo que querías, lo que te gustaba y lo que te estaba pasando.

Tenías tantos sonidos para explicarte. Tantos gestos. Tantas maneras de hablarme.

Aunque me duela profundamente y nunca vaya a parecerme suficiente, siento que me dijiste que habías sido muy feliz. Que estabas de acuerdo con nuestra decisión. Que amabas a tu familia y que habías amado esta vida.


Una amiga que conoce el budismo me contó que, según algunas creencias budistas, cuando un animal recibe mucho amor y compasión, aumenta sus posibilidades de tener un buen renacimiento, incluso de renacer como humano.


También me explicó que un nacimiento humano se considera algo muy poco frecuente y valioso: una oportunidad para desarrollarse, actuar con conciencia y acumular un buen karma. Según esa idea, el amor y los cuidados que recibiste durante estos ocho años pudieron influir no solo en esta vida, sino también en las que pudieran venir después.


No sé si lo creo, pero me parece una idea hermosa.


Y, si es así, espero que disfrutes muchísimo de tu nueva vida. Y que la hagas vegana. Y deseo que puedas ver.

Deseo que puedas entender todos esos colores del mundo de los que yo te hablaba.


Hay un cuento en el que un niño intenta explicarle a su amigo ciego qué significa el blanco, mostrándole a un pato. El amigo toca al pato y termina relacionando el color blanco con su suavidad, porque nadie consigue explicarle del todo qué es un color.


Yo también intenté contarte cómo eran los colores del mundo.


Tal vez no vayas a acordarte de esta vida, pero tuviste algunos de los colores más brillantes y hermosos que cualquier plumaje podría tener. Y vos sí que cuidabas tus plumas con un amor inmenso.

Las pavoneabas, las mostrabas y las lucías con tanto orgullo que inspiraste una pintura; estás bordado en camisetas y sos parte de la inspiración del logo de Vegan Point.

Te amo tanto, tanto.

Eterno. Amor de mi vida.

Volá alto.

Cantá fuerte.

Y seguí siendo puro Rock.


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